Los accidentes de coche serán tan escasos como los aéreos (Publicado en Expansión, Feb.-2017).

Los siniestros protagonizados por vehículos autónomos serán tan escasos como en la actualidad lo son los accidentes aéreos. Cuando, por desgracia, se produzca uno, será portada destacada en las noticias, como sucede ahora con los aviones.

El vehículo pilotado seguirá el camino del caballo

Si la primera revolución industrial jubiló al caballo y lo convirtió en un objeto destinado al ocio y las actividades festivas, relegándolo al deporte del hipódromo, en breve, el coche con volante correrá la misma suerte. Tanto coches, como motocicletas, solo se pilotarán en eventos deportivos, dentro de circuitos cerrados.

Cuando aparecieron los primeros vehículos a motor, algunos pensaron que era un gran avance, porque iban a desaparecer de las calles los antihigiénicos excrementos de cuadrúpedo (10kg/día por cabeza). Los actores entre bastidores se deseaban Mucha mierda, con la esperanza de que los carruajes de los espectadores se agolparan en la puerta del teatro, con sus correspondientes montoneras de boñigas.

El estiércol desapareció finalmente de las calles, pero el tiro salió por la culata, la combustión de carbón, petróleo y gas natural a escala industrial lleva consigo, como todos sabemos, la polución y el cambio climático que sufrimos en la actualidad.

Las de-generaciones de los conductores suicidas

Cuando en el futuro se enteren de que a más de 100km/h, cruzábamos el carril, enfrentándonos a los vehículos que venían en dirección contraria para adelantar, simplemente, nadie lo creerá, pensarán que es una leyenda urbana o que pertenecíamos a una generación de pilotos kamikazes, o más bien, una de-generación de irracionales conductores suicidas.

Nuestra irresponsabilidad al volante hacía necesarias campañas de concienciación como Si bebes, no conduzcas o Ponle freno. El coche autónomo hará innecesaria todas las campañas de la DGT, aunque el dúo lúdico festivo volante-alcohol deja todavía millares de víctimas.

El cambio climático se hace más evidente cada día y hemos escapado por poco del holocausto nuclear, cuya amenaza todavía pende sobre nuestras cabezas.

Como apuntaba H. G. Wells, “La civilización es una carrera entre la educación y la catástrofe”

A estas alturas resulta evidente que tenemos la mala costumbre de desarrollar tecnologías que están muy por delante de nuestra competencia para gestionarlas con sensatez y cordura.

Es muy doloroso para los que hemos perdido familiares y amigos en la carretera, pero si toda generación piensa que la generación anterior son unos dinosaurios anticuados y la posterior niñatos ignorantes, la nuestra, sin duda, se lleva la palma.

En un futuro, no demasiado lejano, la conducción humana será considerada una temeridad y se prohibirá sin contemplaciones ante la amenaza evidente para conductores y transeúntes. Es posible que ninguna compañía de seguros se comprometa a cubrir semejante disparate fuera de pistas acondicionadas para la conducción pilotada.

El fin del coche con conductor cuenta con sorprendentes paradojas, los centros hospitalarios dedicados a trasplantes (de los que en España es líder mundial) ya empiezan, en sus cálculos, a descontar a los fallecidos en accidente de tráfico como principales donantes de órganos.

Adiós al tótem de cuatro ruedas del siglo XX

La obsolescencia del vehículo con volante acaba con uno de los grandes iconos del siglo XX. Después de la caída del comunismo, se contaba en tono de chiste que “El marxismo habría funcionado de no ser por los coches”. Aunque pueda sonar a guasa, el camarada Stalin prohibió el filme Las uvas de la ira (John Ford, 1940) porque hasta lo más miserables Okies de los dust bowls disponían de un vehículo para emigrar a California, mientras en la extinta URSS las cosas eran muy diferentes. Más allá del telón de acero se ponían rojos, pero de envidia, al ver los flamantes modelos a estrenar cada temporada y el desenfrenado estilo de vida occidental.

El automóvil ha sido más que un utilitario, algo más que una máquina de quemar combustible fósil. Es el legendario tótem mitológico de nuestra civilización, símbolo de clase y estatus, independencia y libertad de una era.